Te presento un enlace que se encuentra en internet. Hay muchos y seguro que puedes encontrarlos. De todas formas te pongo uno que puede ser de tu interés para que puedas trabajar los temas que vamos a ir viendo. Recuerda que este enlace lo vas a tener que usar con frecuencia.
Y de paso te pongo un texto. Se trata del capítulo segundo de la novela de John Steinbeck "Las uvas de la ira". Este texto nos va a servir para trabajar el tema de "Los elementos de la Comunicación", que acabas de estudiar.
"Había un enorme camión rojo de mudanzas
estacionado delante del pequeño restaurante de carretera. El tubo de escape
vertical murmuraba suavemente, y una neblina casi invisible de humo azul como
acero flotaba sobre el extremo. Era un camión nuevo, de color rojo brillante, y
en el costado ponía compañía de transportes de Oklahoma City en letras de 30
centímetros. Los neumáticos dobles eran nuevos y un candado de latón cerraba
las grandes puertas traseras. Dentro del restaurante, aislado con tela
metálica, sonaba una radio: música lenta de baile con el volumen bajo, como
cuando nadie la escucha. Un pequeño ventilador daba vueltas silenciosamente en
su agujero circular sobre la entrada, y las moscas zumbaban excitadas por las
puertas y ventanas dando golpes contra la tela metálica. En el interior, un
hombre, el conductor del camión, estaba sentado en un taburete con los codos
apoyados en la barra, mirando por encima de su taza de café a la camarera
delgada y solitaria. Hablaba con ella en el lenguaje lento y apagado de la
carretera: «Le vi hace unos tres meses. Le habían operado. Le habían sacado
algo. No me acuerdo de qué.» Y ella decía: «Creo que no hará más de una semana
que lo vi yo misma. Y estaba bien. No es mal tipo cuando no está borracho.» De
vez en cuando las moscas zumbaban con suavidad en la puerta de tela metálica.
La máquina del café arrojó vapor y la camarera la apagó sin mirar hacia atrás.
Afuera, un hombre que caminaba por el arcén de la carretera cruzó y se acercó
al camión. Fue despacio hasta la parte delantera, puso las manos en el
brillante guardabarros y contempló la pegatina del parabrisas que decía
«Autostopistas no». Por un momento estuvo a punto de seguir andando por la
carretera, pero, en vez de eso, se sentó en el estribo del lado que no daba al
restaurante. No tenía más de treinta años. Sus ojos eran de un color marrón muy
oscuro y una sombra de pigmentación marrón se adivinaba en el blanco de los
ojos. Tenía los pómulos altos y anchos y unas líneas profundas y marcadas
cortaban sus mejillas y se curvaban junto a la boca. Su labio superior era
largo y, como sus dientes sobresalían, los labios se estiraban para cubrirlos
porque este hombre mantenía los labios cerrados. Las manos eran duras, con
dedos anchos y las uñas tan recias y estriadas como pequeñas conchas de almeja.
El espacio entre el pulgar y el índice y la parte blanda de las palmas de sus
manos brillaban llenas de callos.
La ropa que llevaba el hombre era nueva, toda
barata y nueva. Su gorra gris era tan nueva, que la visera estaba rígida y el
botón todavía seguía en su sitio; no estaba llena de bultos y arrugada como
estaría después de haber cumplido durante un tiempo todos los servicios de una
gorra: bolsa, toalla, pañuelo. El traje era de tela rígida gris y barata y tan
nueva que los pantalones aún mostraban la raya. La camisa azul de chambray
estaba tiesa y suave, almidonada. La chaqueta era demasiado grande para él y
los pantalones le estaban cortos porque era un hombre alto. Los hombros de la
chaqueta le quedaban descolgados por los brazos, pero, incluso así, las mangas
eran demasiado cortas y la chaqueta aleteaba suelta sobre su estómago. Calzaba
un par de zapatos nuevos de color mostaza de los que llaman army last,
claveteados y con semicírculos como herraduras para proteger los bordes de los
tacones del uso. El hombre se sentó en el estribo, se quitó la gorra y se
enjugó la cara con ella. Luego se la volvió a poner y empezó a tirar de la
visera, comenzando así a estropearla. Los pies atrajeron su atención. Se
inclinó, desató los cordones y los dejó sin atar. Sobre su cabeza, el gas del
motor Diesel susurraba en rápidas rachas de humo azul.
En el restaurante la música se interrumpió y
una voz de hombre salió por el altavoz, pero la camarera no lo calló porque no
se había dado cuenta de que la música ya no sonaba. Explorando, sus dedos
habían encontrado un bulto bajo la oreja. Intentaba verlo en el espejo de detrás
de la barra sin que el camionero lo notara, así que simuló que se arreglaba un
mechón de pelo descolocado. El camionero dijo:
—Hubo un gran baile en Shawnee. Oí que
mataron a alguien o algo así. ¿Tú sabes algo?
—No —dijo la camarera, mientras palpaba amorosamente
el bulto bajo su oreja. Fuera, el hombre se puso de pie y miró el restaurante
un momento por encima del capó del camión. Después se volvió a acomodar en el
estribo y sacó una bolsa de tabaco y un librillo de papeles del bolsillo
lateral. Lió despacio un cigarrillo, lo estudió y lo alisó. Finalmente lo
encendió y enterró la cerilla ardiendo en el polvo a sus pies. El sol invadió
la sombra del camión al aproximarse el mediodía.
En el restaurante el camionero pagó la cuenta
y metió las dos monedas del cambio en una máquina tragaperras. No tuvo suerte
con los cilindros giratorios.
—Los amañan para que no puedas ganar nada —le
dijo a la camarera.
Y ella replicó:
—No hace ni dos horas que un tipo se llevó el
bote. Sacó tres dólares con ochenta centavos. ¿Cuándo volverás a pasar por
aquí?
Él mantuvo la puerta enrejada un poco
abierta.
—Dentro de una semana o diez días —contestó
él—. Tengo que llegar hasta Tulsa y nunca vuelvo tan pronto como pienso.
Ella dijo de mal humor:
—No dejes que entren las moscas. Vete fuera o
entra.
—Hasta pronto —dijo él, y empujó para salir.
La puerta se cerró con un golpe detrás de él. Se paró bajo el sol y sacó un
chicle. Era un hombre pesado, ancho de hombros y con el estómago abultado.
Tenía la cara roja y sus ojos eran azules, largos y achinados por la costumbre
de enfrentar siempre la luz fuerte guiñando. Llevaba pantalones de soldado y
botas de cordones hasta media pierna. Con el chicle casi fuera de la boca gritó
a través de la puerta:
—Bueno, no hagas nada de lo que no quieras
que me entere.
La camarera estaba frente a un espejo en la
pared de detrás. Gruñó una respuesta. El camionero mascó lentamente el chicle,
abriendo las mandíbulas y los labios con cada mordisco. Dio forma al chicle en
la boca, lo deslizó bajo la lengua mientras caminaba hacia el gran camión rojo.
El autostopista se puso en pie y miró a
través de las ventanas.
— ¿Me puede llevar?
El conductor volvió rápidamente la vista al
restaurante un segundo.
— ¿No ha visto la pegatina «Autostopistas no»
en el parabrisas?
—Claro que la he visto. Pero a veces una
persona se porta bien aunque un bastardo rico le obligue a llevar una pegatina.
El camionero consideró las distintas partes
de esa respuesta mientras montaba en el camión. Si ahora se negaba, no sólo no
era una buena persona, sino que además se le obligaba a llevar una pegatina y
no le estaba permitido llevar compañía. Si consentía en llevarle se convertiría
automáticamente en un buen tipo al que además ningún bastardo rico le podría
decir lo que tenía que hacer. Supo que estaba cayendo en una trampa, pero no
pudo encontrar una salida. Y quería ser un buen tipo. Echó una ojeada al
restaurante una vez más.
—Agáchate en el estribo hasta que lleguemos a
la curva —dijo.
El autostopista se dejó caer, desapareció de
la vista y se agarró a la manilla de la puerta. El motor zumbó un momento, las
marchas entraron, y el gran camión empezó a moverse, en primera, segunda,
tercera y por fin cuarta, después de un acelerón acompañado de un chirrido
agudo. Bajo el hombre agarrado, la carretera se deslizaba difuminada. Había una
milla hasta la primera curva de la carretera; allí el camión fue reduciendo. El
autostopista se irguió, abrió la puerta y se deslizó en el asiento. El
camionero le observó con los ojos entrecerrados y mascó como si las mandíbulas
estuvieran clasificando y ordenando los pensamientos y las impresiones antes de
que fueran finalmente archivados en el cerebro. Sus ojos empezaron por la gorra
nueva, siguieron bajando por las ropas nuevas hasta llegar a los zapatos
nuevos. El autostopista acomodó la espalda en el respaldo, se quitó la gorra, y
con ella se limpió la frente y la barbilla sudorosa.
—Gracias, hombre —dijo—. Tenía los pies
reventados.
—Zapatos nuevos —comentó el conductor. Su voz
tenía la misma cualidad secreta e insistente de sus ojos—. No debería andar con
zapatos nuevos con este calor.
El otro bajó la vista hacia los polvorientos
zapatos amarillos.
—No tengo otros —contestó—. Si no tienes
otros, no te queda más remedio que usarlos.
El camionero prudentemente miró hacia
adelante con los ojos entrecerrados y aceleró un poco el camión.
—¿Va muy lejos?
—No mucho. Habría ido andando si no fuera
porque tengo los pies reventados.
Las preguntas del camionero tenían el tono de
un interrogatorio sutil. Parecía poner redes, tender trampas con sus preguntas.
—¿Busca trabajo? —se interesó.
—No, mi viejo tiene unas tierras, cuarenta
acres. No es gran cosa, pero hemos vivido allí mucho tiempo.
El conductor echó una mirada significativa a
los campos que se extendían a lo largo de la carretera, con el maíz caído de
lado y cubierto de polvo. Piedras pequeñas asomaban en la tierra polvorienta.
El camionero dijo, como si hablara consigo mismo:
—¿Un agricultor con cuarenta acres y no le
han echado ni el polvo ni los tractores?
—La verdad es que últimamente no he estado en
contacto —respondió el autostopista.
—Hace ya tiempo —continuó el conductor. Una
abeja voló dentro de la cabina y zumbó por el parabrisas. El camionero empujó
cuidadosamente con la mano a la abeja hasta ponerla en una corriente de aire
que se la llevó por la ventana—. Los agricultores se están marchando deprisa
—dijo—. Llega un tractor y se lleva por delante a diez familias. Ahora hay
tractores por todas partes. Entran y echan a los agricultores. ¿Cómo consigue
su viejo aguantar? —la lengua y las mandíbulas volvieron a ocuparse del
olvidado chicle, dándole vueltas y mascando. Cada vez que abría la boca se veía
la lengua volteando el chicle.
—En realidad no sé cómo va la cosa
últimamente. Nunca fui bueno para escribir ni mi viejo tampoco. Pero los dos
podemos escribir si queremos —añadió apresuradamente.
—¿Ha estado fuera trabajando? —de nuevo la
investigación secreta en tono casual. Miró hacia los campos, el aire brillante
y quitando el chicle de en medio, escupió por la ventana.
—Eso es —dijo el autostopista.
—Eso pensé. Por sus manos. Ha estado
manejando un pico, o un hacha o una almádena. Ese trabajo le deja a uno las
manos brillantes. Yo me fijo en esas cosas. Lo tengo a gala...
El autostopista le miró fijamente. Los
neumáticos del camión susurraban en la carretera.
—¿Le gustaría saber algo más? Se lo voy a
decir. No hay necesidad de que siga adivinando.
—Vamos, no se enfade. No pretendía curiosear.
—Le diré lo que quiera. Yo no oculto nada.
—Venga, no se moleste. Es sólo que me gusta
fijarme en las cosas. Ayuda a pasar el rato.
—Le diré todo lo que quiera saber. Me llamo
Joad, Tom
Joad. Mi padre es el viejo Tom Joad —descansó
la vista en el conductor, pensativo.
—No se moleste. No pretendía incomodarle.
—Yo tampoco —contestó Joad—. Intento
simplemente ir tirando sin avasallar a nadie —se interrumpió y dirigió la
mirada a los campos secos y a los grupos de árboles medio muertos, que colgaban
incómodos en la distancia recalentada. Sacó del bolsillo lateral el tabaco y el
papel. Lió un cigarrillo entre las rodillas, protegiéndolo del viento.
El camionero mascaba como una vaca, rítmica y
pensativamente. Esperó hasta que el peso de las palabras anteriores desapareció
y se olvidó. Finalmente, cuando el aire parecía haber recobrado la neutralidad,
explicó:
—Uno que nunca haya sido camionero no se
puede imaginar lo que es esto. Los jefes no nos dejan llevar gente. Así que
tenemos que sentarnos aquí, carretera adelante a menos que queramos correr el
riesgo de que nos despidan, como acabo de hacer yo.
—Se lo agradezco —dijo Joad.
—Conozco algunos tipos que hacen chifladuras
mientras conducen el camión. Recuerdo uno que solía escribir poesía. Así pasaba
el rato —miró a hurtadillas para ver si Joad parecía interesado o asombrado.
Joad miraba en silencio a la distancia delante de él, a lo largo de la
carretera, la blanca carretera que ondeaba con suavidad, como un leve oleaje.
Al final el camionero continuó—. Recuerdo una poesía que escribió el tipo este.
Iba de que él y otros dos iban por todo el mundo bebiendo, armando bronca y
tirándose chavalas a diestro y siniestro. Ojalá pudiera acordarme de cómo era.
Había escrito algunas palabras que ni Dios sabe lo que significan. Una parte
iba así: «Y allí espiamos a un negro con un gatillo más grande que la
probóscide de un elefante o la polla de una ballena.» La probóscide ésa es una
especie de nariz. En un elefante es la trompa. El tío me lo enseñó en el
diccionario, uno que llevaba con él a todas partes. Solía mirarlo cuando paraba
a tomar un café —calló, sintiéndose solitario en ese largo discurso. Miró de
soslayo a su pasajero. Joad permaneció silencioso. El conductor, nervioso,
trató de que participara—. ¿Ha conocido a alguien que usara semejantes
palabras?
—Un predicador —respondió Joad.
—Bueno, te molesta oír a un tío usando
semejantes palabras. Claro que con un predicador está bien. De todas formas,
nadie le tomaría el pelo a un predicador. Pero este tío era extraño. Te importaba
un comino que dijera esas palabras porque lo hacía por hacer, sin darse
importancia —el conductor se había tranquilizado, sabiendo que al menos Joad le
escuchaba. Cogió una curva con rabia y los neumáticos chirriaron—. Como iba
diciendo —prosiguió—, los camioneros hacen cosas raras. Es una necesidad. Si lo
único que hicieran fuera sentarse ahí viendo cómo la carretera se escapa bajo
las ruedas se volverían locos. Hay quien dice que no hacen otra cosa que comer
en las hamburgueserías de la carretera.
—Desde luego parece que viven en esos sitios
—Joad se mostró de acuerdo.
—Pues sí, sí que paran, pero no para comer.
Casi nunca tienen hambre, sólo que se ponen enfermos de conducir, enfermos.
Esos sitios son los únicos donde pueden parar, y cuando paras tienes que
comprar algo para poder pegar la hebra con la chica de la barra. Así pides un
café y un trozo de pastel. Da como un respiro —mascó lentamente el chicle y lo
volvió con la lengua.
—Debe ser duro —dijo Joad, con desgana.
El conductor le miró rápido de reojo,
buscando la burla.
—Bueno, le aseguro que no es un maldito juego
de niños —dijo malhumorado—. Parece fácil, simplemente sentarse aquí hasta que
te haces tus ocho o quizá diez o catorce horas. Pero la carretera te puede y
hay que hacer algo. Algunos cantan, otros silban. La compañía no nos deja
llevar radio. Unos se llevan unas cervezas, pero esos no duran mucho —dijo esto
último con aire suficiente—. Yo nunca bebo hasta que no he terminado.
—¿En serio? —preguntó Joad.
—De verdad. Uno tiene que progresar. Yo estoy
pensando en hacer uno de esos cursos por correspondencia. Ingeniería mecánica.
No es difícil. No hay más que estudiar unas pocas lecciones en casa. Me lo
estoy pensando. Entonces dejaré de conducir; entonces seré yo quien les diga a
otros que conduzcan camiones.
Joad sacó una pinta de whisky del bolsillo
lateral.
—¿Seguro que no quiere? —le provocó.
—Desde luego que no. No pienso tocarlo. Uno
no puede beber a todas horas y estudiar, como yo voy a hacer.
Joad destapó la botella, le dio dos tragos
rápidos, la volvió a cerrar y la devolvió al bolsillo. El olor caliente y
picante del whisky inundó la cabina.
—Está muy susceptible —dijo Joad—. ¿Qué le
pasa? ¿Es que tiene una chica?
—Sí, claro. Pero quiero progresar de todas
maneras. Llevo ejercitando la mente mucho tiempo.
El whisky pareció relajar a Joad. Lió otro
cigarrillo y lo encendió.
—No me queda demasiado para llegar —dijo.
El camionero volvió deprisa a hablar:
—No necesito beber —comentó—. Yo ejercito
continuamente el cerebro. Hice un curso de eso hace dos años —palmeó el volante
con la mano derecha—. Imagine que paso a uno en la carretera. Le miro y cuando
he pasado intento recordarlo todo, qué clase de ropa, zapatos y sombrero
llevaba, cómo andaba y quizá la altura, el peso, si tenía cicatrices. Lo hago
bastante bien. Puedo formar una imagen completa en la cabeza. A veces pienso
que debería hacer un curso para ser un experto en huellas digitales. Le
sorprendería todo lo que una persona puede recordar.
Joad bebió un trago del frasco. Dio la última
calada al cigarrillo humeante y luego, con los encallecidos pulgar e índice,
aplastó el extremo encendido. Restregó la colilla hasta deshacerla y la sacó
por la ventana dejando que la brisa se la llevara en los dedos. Los grandes
neumáticos sonaron con una nota aguda en el asfalto. Los tranquilos ojos
oscuros de Joad mostraron una expresión de humor mientras observaba la
carretera. El conductor esperó y le miró intranquilo. Por fin el labio superior
de Joad se curvó en una sonrisa sobre sus dientes y él rió silenciosamente, su
pecho agitándose con la risa.
—Le ha llevado de verdad un montón de rato
llegar.
El camionero no le miró.
—¿Llegar a dónde? ¿Qué quiere decir?
Joad estiró los labios por un momento sobre
los largos dientes y chupó los labios como un perro, dos veces, una en cada
dirección desde el medio. La voz se volvió dura.
—Ya sabe lo que quiero decir. Me miró de
arriba a abajo cuando entré, me di cuenta —el conductor miró hacia adelante,
agarró el volante con tanta fuerza que sus manos palidecieron mientras las
palmas se abultaban. Joad continuó—. Sabe de dónde vengo —el camionero calló—.
¿No es cierto? —insistió Joad.
—Bueno... sí. Quiero decir... puede que sí.
Pero no es asunto mío. Yo me ocupo de mis asuntos. No es cosa mía —ahora las
palabras salieron rodando—. Yo no meto la nariz en lo que no me importa —de
repente calló y esperó. Y las manos seguían blancas en el volante. Un
saltamontes entró volando por la ventana y aterrizó encima del tablero de
mandos, donde se sentó y procedió a rascarse las alas con las saltarinas patas
dobladas en ángulo. Joad alargó la mano y aplastó con los dedos la dura cabeza
en forma de calavera y lo empujó hasta que la corriente de aire se lo llevó por
la ventana. Volvió a reírse mientras se sacudía de las yemas de los dedos los
restos del insecto aplastado.
—Se ha equivocado conmigo, mire —dijo—. No lo
estoy ocultando. Sí que he estado en McAlester. He estado cuatro años. Está
claro que estas ropas son las que me dieron al salir. No me importa un comino
quién lo sepa. Y vuelvo donde mi viejo para no tener que mentir para conseguir
trabajo.
El conductor dijo:
—Bueno, no es asunto mío. No soy un tipo
entrometido.
—¡Y un cuerno! —replicó Joad—. Su enorme
nariz ha estado husmeando de mala manera. Me ha estado olfateando como haría
una oveja en un bancal de verduras.
La cara del camionero se tensó.
—Me ha malinterpretado... —empezó débilmente.
Joad se rió de él.
—Se ha portado bien, me ha llevado. Bueno,
qué más da. He estado en la cárcel. Y qué. Quiere saber por qué, ¿no es verdad?
—No es asunto mío.
—Su único asunto es conducir este monstruo y
eso es a lo que menos se dedica. Mire, ¿ve aquella carretera allí delante?
—Sí.
—Bueno, yo me quedo allí. Ya sé que se muere
de ganas de saber qué hice. No soy quién para decepcionarle —el agudo murmullo
del motor se apagó y el sonido de los neumáticos bajó de tono. Joad sacó su
botella y bebió otro trago corto. El camión se detuvo al principio de un camino
de tierra que salía en ángulo recto de la carretera. Joad bajó y esperó de pie
junto a la ventana de la cabina. El tubo de escape vertical arrojó el humo azul
casi invisible. Joad se inclinó hacia el conductor—. Homicidio —dijo con
rapidez—. Es una de aquellas palabras...; significa que maté a un tipo. Siete
años me echaron. He salido en cuatro por buen comportamiento.
El camionero pasó los ojos sobre el rostro de
Joad para memorizarlo.
—Yo no le he preguntado nada —dijo—. Yo me
ocupo de mis asuntos.
—Puede decirlo en todos los garitos de aquí a
Texola —sonrió—. Hasta otra, hombre. Se ha portado bien. Pero, ¿sabe?, cuando
has pasado un rato en chirona, hueles las preguntas desde lejos. Usted estaba
preguntando nada más abrir el pico —empujó la puerta metálica con la palma de
la mano.
—Gracias por el viaje —dijo—. Adiós —dio
media vuelta y echó a andar por el camino de tierra. Por un momento el
camionero le vio alejarse y luego gritó:
—¡Suerte!
Joad agitó la mano sin volverse a mirar.
Entonces el motor rugió, las marchas entraron y el enorme camión rojo se alejó
pesadamente."